Sobre regalías de CTeI: ¿qué lecciones hemos aprendido? A posicionar la ciencia en la agenda

Para los que seguimos las noticias en el ámbito internacional, esta semana hemos recibidos tremendos golpes a nuestra estima. Por un lado, el presidente Trump expidió una orden para revocar las políticas de Obama para mitigar el cambio climático , lo cual nos afecta a todos en el planeta. Hoy, Theresa May en el Reino Unido solicitó oficialmente separarse de la Unión Europea, lo cual tendrá consecuencias impredecibles para la geopolítica global, y la estabilidad de Europa; por supuesto, esto puede brindar nuevas oportunidades para países como Colombia, quienes pueden beneficiarse de una mayor atención por parte del Reino Unido. Sin embargo, lo que más nos concierne es la falta de apoyo a la ciencia en Colombia. Esta semana continúa el descontento sobre la desviación de recursos provenientes de regalías para ciencia y tecnología para ‘vías terciarias’, como lo había propuesto el presidente Santos semanas atrás. El panorama se confunde aún más, según un tweet de la Asociación Colombiana para el Avance de la Ciencia el 28 de marzo de este año que lee: “ALERTA! Gobierno National radicó proyecto de ley para modificar artículo 361. Ref: El Dinero NO ejecutado de CTeI [Ciencia, Tecnología e Innovación] será para la Paz.” Pasamos de vías terciarias, a ‘paz’, término que cobija un sinnúmero de actividades.

Algunas voces en la comunidad de investigadores e interesados en apoyar CTeI en Colombia hemos expresado desconcierto al respecto en redes sociales sobre el desvío de regalías para CTI, tal vez siendo la voz de la Asociación para el Avance de la Ciencia la más prominente. Con el ánimo de orientar el debate y la discusión informada sobre ciencia en Colombia en una dirección que aporte relevancia y resultados, aquí van algunas impresiones. Como investigadores y allegados a la investigación en Colombia, necesitamos reflexionar sobre por qué no se corrigió el diseño de regalías a tiempo, y cómo podemos elevar la importancia de la ciencia tanto para el público, como para el gobierno, especialmente ahora que estamos en construcción de paz y que se avecinan las elecciones del 2018.

Valoro enormemente que se den discusiones sobre ciencia y política en Colombia. Las regalías para ciencia y tecnología, desde sus inicios, estuvieron mal diseñadas. Esto se reconoció en su momento, y se continuó manifestando, pero no hubo suficiente fuerza o voluntad política para incentivar al gobierno a corregir el curso. ¿A qué me refiero? Desde un comienzo en el 2010 se estableció que los proyectos que recibirían recursos provenientes de regalías para ciencia y tecnología, fueran seleccionados por un ‘OCAD’, u Órgano Colegiado de Administración y Decisión del Fondo de Ciencia, Tecnología e Innovación, conformado por gobernadores, universidades públicas y privadas, y Colciencias; el DNP es la entidad que maneja los recursos. Álvaro Zerda advirtió en el 2012 sobre la asignación de regalías que “la presencia política y de intereses particulares locales siempre será un riesgo latente, dada la conformación de los órganos decisorios en sus diferentes niveles.”  El rol de Colciencias fue limitado, como lo expone Bernardo Useche (2014), “[d]entro de la nueva normatividad, el papel de Colciencias  está limitado a hacer la Secretaria Técnica del OCAD con funciones como citar las reuniones, llevar las actas, y proponer la un contrasentido absoluto continuar promo [sic] la metodología de evaluación de los proyectos (ley 1530)4. Es evidente que la aprobación de los proyectos no va a depender en lo fundamental de su relevancia, pertinencia y de su robustez conceptual y metodológica, evaluada por pares académicos, sino de los criterios políticos de los gobernantes regionales y del gobierno central.”

Las regalías fueron politizadas desde su inicio. Hubo esfuerzos desde aquel entonces para enderezar el curso, como la carta de la comunidad académica y científica dirigida al Presidente Santos en el 2012.  El tema de regalías de CTeI fue objeto de debate en los últimos años, por ejemplo en la Universidad Nacional  y la Universidad de Los Andes. Hubo bastantes críticas en este sentido, con Moisés Wasserman siendo uno de los más visibles, (en el 2014, o 2016, por mencionar algunos ejemplos). No obstante, pasaron los años, y la política inclinó la balanza en su favor. La ciencia salió perdiendo. Esto debería ser motivo de reflexión en la comunidad científica y sus allegados, sobre qué se hizo o se dejó de hacer para que en los últimos años no se pudiera corregir el curso. No me opongo a que se construyan más vías terciarias, o se destine dinero hacia temas orientados a la construcción de paz, pero no me parece adecuado que estos recursos deban provenir de las regalías para ciencia y tecnología. Pareciera que el gobierno hubiera visto unos fondos débiles, sin quién los defendiera, y se hubiera aprovechado de ellos.

Esto nos devuelve a la pregunta concreta, en términos más explícitos: ¿Qué no se hizo o se dejó de hacer? ¿Qué se hubiera podido hacer para evitar este evento? Más que respuestas, aspiro a dejar estas preguntas sobre la mesa para todos aquellos con mayor cercanía a la toma decisiones en el gobierno. Sin embargo, es importante tener en cuenta algunas consideraciones.

Primero, debemos replantear o repensar nuestra posición frente a Colciencias. Noto con angustia que día a día Colciencias se perfila como ‘el malo del paseo’ y la frustración de la gente se canaliza hacia esta entidad. Basta con decir que hay un grupo en Facebook llamado ‘Mamados de Colciencias’ (aunque reconozco que en Facebook se puede encontrar de todo). Todos parecemos estar pendientes de Colciencias, de qué hace, o qué no hace. Mi lectura del escenario actual es que Colciencias está perdiendo relevancia en el gobierno, si es que alguna vez la ha tenido. Prueba de esto es su rol relegado a la evaluación técnica de los proyectos de inversión de CTeI, o secretaría técnica, en la distribución de regalías, los recortes de presupuesto a través de los años (2015, 2016), los cambios de director en los últimos años, la demora de 100 días en encontrar reemplazo a la directora Yaneth Giha -plaza asumida por César Ocampo-, o su alianza con el Ministerio de Educación para el programa Colombia Científica, por mencionar algunos ejemplos. La entidad está debilitada, y no veo cómo la crítica constante pueda reconstruirla. En el clima político Colombiano, y posiblemente en todo gobierno democrático, los ministerios y agencias deben competir por recursos escasos con otras, como los ministerios de educación, salud, o defensa, por mencionar algunos temas prioritarios. Los invito a pensar hasta qué punto Colciencias tiene un poder de negociación para salir a disputar recursos ante el gobierno, hasta qué punto estamos permitiendo que el liderazgo de Colciencias desvanezca. La coyuntura actual nos arrastra en una espiral sin salida. Nos dedicamos a resaltar que Colombia destina un bajo porcentaje de su producto interno bruto a actividades de ciencia y tecnología, en comparación con otros países. En vez de fortalecer a Colciencias o pensar en qué cambios estructurales se deben dar en el gobierno, sector privado y la sociedad civil, nos dejamos entretener con debates como la creación de un ministerio de ciencia y tecnología ¿Realmente esto atiende el problema de fondo?

Dirijamos esfuerzos a evitar un desvío futuro de regalías, y posicionar la ciencia y la innovación en las prioridades de la casa de Nariño. El presidente Santos anunció recientemente que el reciente desvío de regalías sería ‘por una sola vez’, pero, ¿Cómo asegurar que no se repita? ¿Qué acciones tomaremos como miembros de la comunidad científica? Debemos identificar el problema de raíz. Sin ser este un estudio riguroso, y más bien una opinión ventilada por sucesos recientes y fuentes como noticias, destaco dos aspectos.

Primero, me llama la atención no haber visto noticias sobre sondeos de opinión sobre la favorabilidad de la ciencia en Colombia, o las ‘encuestas’. Para muchos temas, empezando por la favorabilidad del presidente, se ‘mide’ la opinión del público. En una charla reciente que tuve la oportunidad de presenciar, la exministra de educación Gina Parody contaba que en su momento, fue un factor decisivo que las encuestas favorecieran la evaluación de desempeño de profesores. Los políticos le prestan suma atención a la opinión del público. ¿Qué tan importante es para el ciudadano Colombiano que el gobierno apoye la ciencia? ¿Cuántos se sentirán indignados o incoformes al saber que recursos de regalías no serán invertidos en ciencia y tecnología sino en vías terciarias o paz? Desafortunadamente no tengo datos para soportar esto, pero en mi círculo social esto no genera preocupación. Ojalá esté completamente equivocado en este diagnóstico. Estamos tan acostumbrados a oír que la ciencia es el motor del desarrollo y el crecimiento económico, o que los países ‘industrializados’ llegaron a este estado por apoyar la ciencia (una versión un poco miope de la historia), o el caso de Corea del Sur y Singapur, países sin abundancia de recursos naturales que han acelerado sus ingresos y calidad de vida significativamente en las últimas décadas. Resumiendo, pareciera que todos supiéramos en el fondo que apoyar la investigación es importante, y que sin esta no habrá prosperidad, dándolo por hecho. En realidad pocos están dispuestos a asumir esto como prioridad. Se sabe que es una necesidad, pero no hay voluntad política para ‘hacer que las cosas pasen’ en temas de CTeI. El sentido común de algunos, incluyendo políticos, podrá dictar que hay otras prioridades para el país como fortalecer la presencia del estado en regiones, mejorar la logística y la balanza de importaciones y exportaciones, vencer la corrupción, y tantos otros temas que nos agobian. Pero de alguna manera, la ciencia suele terminar en un segundo plano.

El mensaje que espero depositar es que la ciencia debe ser valorada por los ciudadanos, por los votantes. Debe ser parte de la identidad Colombiana. Es difícil, pues el acceso a la educación, y el aprecio por la ciencia, en muchos casos es un privilegio, y en otros exige dedicación y pasión por el tema. Sin embargo, los beneficios de la investigación deberían repercutir en el bienestar y prosperidad de todos los colombianos, siempre y cuando se invierta en los proyectos adecuados (lo que no sucede en Estados Unidos, y considero una de las causas de la elección de Trump — pero este es tema para otro día). Divulgar la ciencia es un requisito indispensable, y parte de otras actividades igualmente necesarias. Es necesario que los investigadores reflexionen sobre qué pueden hacer para que el público en general valore más sus esfuerzos, de manera que cuando haya recortes al presupuesto para CTeI, se sienta que nos afecta a todos por igual, y no sólo a la comunidad científica. Tal vez es necesario derrumbar las barreras que aíslan la ciencia en las universidades, y aumentar el acceso a la ciencia, como se hace por ejemplo en talleres ‘do-it-yourself’, o ‘hágalo usted mismo’, espacios donde ciudadanos sin preparación científica pueden acudir a desarrollar proyectos de investigación o crear artefactos, por gusto. Actividades de ‘ciencia ciudadana’ también pueden aportar en este sentido, al igual que otras corrientes dentro del marco ‘apropiación social del conocimiento’. Para esto no hay soluciones inmediatas, pero es importante emprender iniciativas y esfuerzos variados.

Segundo, en un esfuerzo por identificar el problema de raíz en la falta de apoyo del gobierno a la ciencia, considero que no hay un referente de éxito en ciencia en el país. La ciencia no hace parte del imaginario de qué constituye a Colombia, o qué nos enorgullece de ella. Países como Estados Unidos pueden referirse a la llegada del hombre a la Luna, y la mayoría de los adelantos que se han dado en materia de ciencia, tecnología e innovación han ocurrido en Norteamérica, Europa, y Japón. La revolución industrial, o el descubrimiento de América (reconociendo las atrocidades e injusticias que esto trajo consigo), han sido proyectos impulsados por la ciencia y la tecnología, junto con unas condiciones políticas y sociales particulares. Siendo así, vender la idea de que la ciencia es importante en estos países puede que sea más viable que en Colombia. Inglaterra, por ejemplo, cuenta entre sus ídolos a Charles Darwin, o Francis Crick, descubridor (junto con James Watson) de la estructura de la doble hélice del ADN, en la Universidad de Cambridge. En el museo de ciencia de Londres, está exhibida la estructura metálica que ellos emplearon para entender la complejidad de dicha molécula, recordando a sus visitantes el gran logro alcanzado en suelo Británico. Estos países enfrentan hoy en día dinámicas muy particulares en cuánto a la relación entre el público y la ciencia, que por ejemplo ha desencadenado en un rechazo rotundo del cultivo de alimentos genéticamente modificados en Europa, o la energía nuclear en Austria. Sin embargo, la investigación hace parte del tejido social de estos países, o lo venía haciendo antes de que entráramos en una etapa ‘post-verdad’. ¿Cómo hacer para que se reconozca el valor de la ciencia en Colombia? Qué casos de éxito podemos incorporar en nuestra identidad como nación? No hay que mirar muy lejos, teniendo la expedición botánica liderada por Alexander von Humbold, o la invención de la válvula contra la hidrocefalia por Salomón Hakim. Necesitamos héroes, historias de éxito, y avances que destaquen la importancia de la ciencia para el país. En este sentido, las expediciones de Colombia Bio  pueden resultar prometedoras. Con frecuencia las noticias presentan casos de colombianos destacados en investigaciones, en la mayoría de los casos en el exterior. ¿Cómo podemos relacionar estos avances con el ciudadano en cuyo mundo la ciencia no es una prioridad? ¿O qué se debe replantear en la ciencia que se realiza en Colombia? Recomiendo un texto altamente relevante publicado por el tanque de pensamiento Británico Demos, traducido como ‘El Valor Público de la Ciencia: o Cómo asegurar que la ciencia realmente importe’.

Por supuesto, es importante reconocer el dilema que presenta el hecho que la ciencia presente beneficios a largo plazo y no a corto plazo, como sí lo puede hacer obras de infraestructura, más visibles, pero no más relevantes o necesarias. Esta relación entre el presente y el futuro me lleva al último punto, (y admiro al lector que haya llegado hasta este punto): la relación entre CTeI y paz. Los próximos gobiernos tendrán como prioridad como establecer (y construir) una paz ‘duradera’ en Colombia. Esto involucra principalmente asegurar la presencia del estado en regiones ignoradas por el estado, o controladas por grupos insurgentes. Hay otros factores importantes como reducir la desigualdad, o aumentar los ingresos del país. Lamentablemente no veo que haya como prioridad conservar el medio ambiente o preparar el país para el cambio climático. Podría extenderme en la lista de problemas que aquejan al país y merecen soluciones urgentes. Lo que deseo destacar es que la investigación en el país debe encontrar su propio nicho en las prioridades del país, y una manera viable de hacerlo es ubicándose como motor o soporte de la construcción de paz. Esto puede ya sonar trillado luego de ser repetido en tantos contextos, pero puede tener un impacto visible. Pensar que la paz sólo se puede dar a largo plazo mientras haya estabilidad económica y social en el país, y que para esto CTeI sea el cimiento, puede resultar convincente, siempre y cuando haya un argumento bien estructurado. Quedo corto de propuestas de cómo alinear la paz con la ciencia, y prefiero en este aspecto abstenerme de comentar y dejar preguntas abiertas para la imaginación del lector. De nuevo: ¿Cómo alinear la investigación con la construcción de paz? ¿Qué se debe cambiar o sugerir para que se de esta conexión? En este aspecto, invito al investigador a que no se aparte de este tema, sino que reflexione sobre cómo su investigación encaja en el contexto político nacional más amplio.

Este escrito comenzó a raíz de mi frustración con el desvío de los recursos de regalías de ciencia y tecnología para vías terciarias y ‘la paz’. Concluyendo, mi invitación es a no dejar esta batalla de lado, pero sí pensar en qué se dejó de hacer, qué se puede hacer, y cuál es el próximo lugar de encuentro. Continuar pensando que por hacer investigación somos especiales o merecemos un lugar único en la sociedad no nos va a ser de ninguna ayuda. Tampoco aporta pensar que es el público el que debe apreciar el valor de la ciencia del país. Pronto iniciarán de lleno las campañas electorales para la presidencia del 2018, en medio de un clima político bastante polarizado y con mucho en juego, como el futuro del proceso de paz. Es necesario que como comunidad científica involucremos a los ciudadanos, y pongamos la ciencia en la agenda de las elecciones presidenciales, de forma que asuntos de CTeI sean parte de las campañas políticas, y temas de discusiones en debates entre los candidatos. Pongámonos la meta que el próximo presidente que sea elegido, tenga la investigación y la innovación como prioridad, valorando su poder transformativo hacia una sociedad más crítica, próspera, y consciente de sí misma, que esté en capacidad de asumir el liderazgo de un nuevo país y escribir una historia distinta a la de los últimos doscientos años, manchada por sangre en múltiples ocasiones. En un espacio reducido como este he tenido que dejar temas por fuera, y cometido algunas sobresimplificaciones, pero el mensaje de fondo sigue siendo el mismo: como investigadores, ¿Cómo podemos convencer de la importancia de la ciencia a la sociedad y a nuestros gobernantes? Miremos hacia atrás, aprendamos lecciones, y pongamos la ciencia en la agenda para las elecciones del 2018. Porque el lugar de la ciencia en la sociedad debe ser construido y  posicionado, no se puede dar por sentado. Y si los recursos son escasos, el tiempo no invertido no se puede recuperar.

 

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